La panela santandereana que se vende al mundo.

fotos-vanguardia-comÉl y su esposa Judith Paola Balbuena Guerrero, decidieron hace más de 10 años que querían revolucionar el mercado de la panela, que para esa época se comercializaba en transacciones informales en el parque de San Gil. 

Romper la tradición, consolidando una marca y desarrollando productos procesados fue su principal reto. No les importó. Se equivocaron muchas veces para montar su propia empresa, porque tenían claro que no querían ser empleados.  

Pero el comienzo no fue fácil, según cuenta esta contadora, ya que eran más las puertas cerradas que las que se abrían, con un objetivo claro: darle vida al nuevo negocio. 

 “En aquella época no había normas en el envasado individual de la panela; se conseguía suelta en todas partes. Lo primero que hicimos para darle valor agregado fue envasar individualmente el producto, y posteriormente diversificamos en presentaciones y formas. El concepto de consumo era solo de panelas cuadradas, nosotros creamos las redondas, en pastillas, con sabores, para incentivarlo. Este producto se consume por tradición y a eso le agregamos innovación teniendo en cuenta el ritmo de vida acelerado de hoy”, dijo Judith Paola.

Arrancaron entonces su empresa con un crédito de $10 millones y cinco personas empacando, incluida la pareja. 

“Vimos la oportunidad de evitar la intermediación en este negocio y llevar el producto directamente al consumidor cuidando la trazabilidad desde la etapa de siembra hasta el consumidor final. Estábamos en la universidad con ganas de salir adelante, crear empresa y generar empleo”, relató la empresaria. 

Una caja de compensación familiar fue la puerta de entrada para el producto en Santander y a los dos años de funcionamiento consiguieron la primera maquila.
 
Sin embargo, la planta no funcionaba en Bucaramanga, durante los primeros años estaba en el mismo lugar del trapiche, en el municipio de Ocamonte (Santander). Con el objetivo de certificar sus procesos, se vieron  obligados a dividir sus actividades entre el trapiche y la planta, que después se trasladó a Bucaramanga. 

Hoy, desde la capital santandereana, atienden el mercado del interior del país y de la Costa. 

Gracias al portafolio de 20 líneas que consolidaron, exportan a destinos como Canadá, España, Francia e Inglaterra.

“La primera venta la hicimos a Canadá gracias a una rueda de negocios a la que asistimos en Medellín. El proceso fue muy dispendioso, tardamos un año en las negociaciones atendiendo los requerimientos sanitarios para exportar. Desde hace tres años hacemos las ventas directas”, aseguró Paola. 

De acuerdo con los empresarios, la trayectoria también les ha enseñado a perder. 

“Para nosotros lo más importante es conservar la calidad del producto de principio a fin. Hemos tenido pérdidas importantes hasta el punto de tener que empezar una y otra vez”, aseguraron los esposos. 

Publicado por Vanguardia.com 

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